Beneméritos

No sé qué tipo de encuentros recientes habrá tenido usted, lector, con la Benemérita. Si no truena y aparece Santa Bárbara vestida de verde, muy posiblemente es para poner una multa de tráfico, y eso configura imágenes poco simpáticas. Pero permítame tocarle las entrañas.

Todo español tiene un recuerdo de la Guardia Civil. La Benemérita es una vivencia española, un recuerdo genuino, una impronta biológica de nuestra sociedad, un tipismo, un tópico, un icono masivo y vertebrador, una inmensa propiedad pública, un relato campestre, una experiencia auténtica, nada comercial. El proyecto del Duque de Ahumada ha resistido al viento erosionador de los tiempos, el vendaval de la guerra, el cierzo helador del GAL y hasta el huracán de Roldán. Ya queda poco de aquella silueta novelesca de la pareja embozada en sus mantos, dos figuras alargadas, con los pies hundidos en el terreno, sumados a él; dos erupciones del paisaje cuyas principales aristas eran las esquinas de los tricornios y el filo tubular del mosquetón. La Benemérita de ahora analiza las aguas de los ríos, recorre el monte en moto deportiva, ilumina una antorcha de plástico en los atascos, patrulla por internet, esquía en la montaña y levanta maquinarias de 2.000 kilos para abrir un agujero hondo, negro y fétido, en Mondragón.

La Guardia Civil del bandolerismo dio paso a la de Lorca y los gitanos, y a esta le sustituye hoy la que derrama su vida en la sangría pavorosa del terrorismo. En la Sierra hay algunas tumbas de víctimas generosas. Recuerdo la del guardia Vozmediano, que yace en Torrelodones. Cuando lo asesinaron a la puerta de su casa, las crónicas de los diarios reflejaban al día siguiente una frase que no se me olvida: “era un muchacho alto como un castillo”.

A mi memoria de periodista vienen ahora las linternas de los guardias civiles destelleando como puntos lejanos en las faldas oscuras de Navacerrada, la noche en que un helicóptero se estrelló en esta cordillera. Los jóvenes guardias y sus perros llegaban hasta su base extenuados de atravesar la negrura de la montaña. Contrasta ese recuerdo de jadeos y sudor de hombres esforzados con otro que tengo, bastante distinto: todos los años, cada 12 de octubre, las casas–cuarteles de los pueblos reciben en sus patios al vecindario y sacan los guardias y sus mujeres –las cavilas– pinchos, dulces, refrescos y vino para la gente. A la salida de uno de esos ágapes, oí a un riquillo veraneante, un hombre falso y ampuloso, de esos que siempre pensaron que la Guardia Civil era parte de su servicio doméstico, cómo le comentaba a un compañero de casta: “estos guardias son bastante catetos, pero, ya ves, hay que venir”. En la Sierra, qué le vamos a hacer, también vive gente miserable. Lo bueno de la Guardia Civil es que, si es necesario, presta servicio incluso a quien le desprecia.

A la hora de escribir este artículo, recuerdo como un foco vivo en mi mente la onírica experiencia de una noche en San Lorenzo de El Escorial: mantenía una animada y frívola charla sobre el nacionalismo con algunos contertulios en el Croché. Un hombre que estaba en la barra, al oirnos, pidió venia para interrumpir la tertulia. Era un guardia civil y había venido a la Sierra para curarse del síndrome del Norte. Narró con parcas palabras la vida de dureza y terror que había llevado en cuarteles invisibles. Gruesos lagrimones surcaron al final de su discurso aquella cara curtida. Yo a esta gente de verde le tengo un gran respeto, qué quieren que les diga.

Pero no quiero ponerme demasiado emocional. El 12 de octubre es fiesta, y ya que hablamos de la Guardia Civil, aprovecho el Pilar para hacer una reivindicación del tricornio, ya saben, ese sombrero singular de charol que prácticamente ha desaparecido si no es para galas, tocados de oficiales y guardias de puertas. Hace ya algunos años que Interior lo sustituyó por un gorro que, a simple vista, parece más cómodo. Pero me reconocerán ustedes que es bastante menos legendario. El tricornio daba más de si, más estética, más hipérbole, más asombro a los niños. Una vez, en los 80, un turista francés se atrevió a preguntarle a un guardia castizo por qué el tricornio es plano por detrás. “Para que así podamos apoyarnos en la pared”, le contestó el agente. El francés tuvo que quedarse tan boquiabierto como aquel soldado norteamericano compañero de un militar español que me contó esta anécdota de sus prácticas en una base de Carolina del Sur. Era el año 1981. El 23 de febrero, su amigo yanqui corrió hacia él para decirle: “Oye, no sé qué está pasando en tu país, pero he visto en la tele a un militar con un gorro de torero tomando el parlamento”.

No por esto último, ni tampoco por otras cosas, pero si por otras muchas, muchísimas, a la Guardia Civil, si no existiera, habría que inventarla.

J.J. Fernández